Iniciamos el tiempo de Cuaresma que nos prepara para la gran fiesta de la Pascua. Vivimos las adversidades del invierno para poder sostener la energía luminosa de la primavera. Pero como nada tiene lugar en estado puro, sino que las cosas se entrelazan unas con otras, podemos atisbar algo de la primavera en el invierno, como podemos descubrir la presencia de la Pascua en el desierto de la Cuaresma.
Los textos evangélicos nos muestran como Jesús se pasa cuarenta días en el desierto. No va allí para realizar una búsqueda que tenga que ver con la exterioridad, sino que se retira para encontrarse, para descubrir el Proyecto al que dedicaría hasta su propia vida. Pero antes de ir decide ser bautizado por Juan en el río Jordán. Éste, profeta que enarbolaba la bandera de la conversión, se convierte en algo mucho más importante para Jesús que las propias leyes y preceptos judíos. Su propuesta sería precursora de la respuesta definitiva que más tarde daría él propio Jesús.
La conversión, la posibilidad que tenemos de cambiar, y que además es connatural a lo humano, posibilita la dimensión profética en nosotros. El profeta es aquel que no sólo protesta ante lo que se ha vuelto inerte sino que porta consigo la capacidad de ilusionar a otros. Es capaz de recuperar la ilusión frente a los grandes sueños de la humanidad. Pero el profeta es, además, aquel que está en contacto con su realidad más profunda. Es aquel que es capaz de discernir la voz que resuena en la interioridad de aquella otra voz que resuena en la cabeza y que busca la satisfacción en lo inmediato. El profeta habla desde la experiencia y, por eso, es además místico.
El almendro florece en nuestros días por muchos lugares de nuestra geografía. El almendro es profeta de esa nueva y hermosa estación que es la primavera. Ha tenido una experiencia del invierno y, además, ha osado hablar con sus flores antes de que las condiciones fuesen las más idóneas. En su naturaleza reside una dimensión que apunta directamente hacia nuestra propia esencia. Estamos llamados a mostrar el coraje de aquellos que soñaron un mundo mejor, estamos invitados a proclamar el Reinado de Dios cada vez que nos alzamos en favor de la justicia, la paz y la verdad.
Los días en el desierto se convirtieron para Jesús en oportunidad para escuchar aquella voz que ya resonaba en su interior. En su desierto comenzó a florecer el sueño que Dios tenía desde siempre para las personas. En el desierto, que es nada y muerte, floreció la belleza y la vida para siempre y que el Nazareno mostró desde su entrega incondicional, una entrega hasta de lo más divino que había en él.
La propuesta es clara y sencilla: ser capaces de conectar con la capacidad de ilusionarse. Para esto tan sólo es necesario encontrarse con el desierto que guardamos dentro, es decir, cuando nos damos cuenta de lo que nos esclaviza, de aquello que nos desequilibra, nos ata y entorpece, de lo que se torna diabólico en nosotros. Cuando nos topamos con esto frente a frente habremos logrado dar el primer paso para denunciarlo, nos habremos hecho profetas. Y, cuando esto tiene lugar, el camino hacia nuestra propia pascua está asegurado. Al final da igual lo duro que haya sido la travesía, pues lo que importará será el empeño, la ilusión y el amor que pusimos en cada paso.








