viernes 24 de febrero de 2012

Recuperar la ilusión

                    Iniciamos el tiempo de Cuaresma que nos prepara para la gran fiesta de la Pascua. Vivimos las adversidades del invierno para poder sostener la energía luminosa de la primavera. Pero como nada tiene lugar en estado puro, sino que las cosas se entrelazan unas con otras, podemos atisbar algo de la primavera en el invierno, como podemos descubrir la presencia de la Pascua en el desierto de la Cuaresma.
                Los textos evangélicos nos muestran como Jesús se pasa cuarenta días en el desierto. No va allí para realizar una búsqueda que tenga que ver con la exterioridad, sino que se retira para encontrarse, para descubrir el Proyecto al que dedicaría hasta su propia vida. Pero antes de ir decide ser bautizado por Juan en el río Jordán. Éste, profeta que enarbolaba la bandera de la conversión, se convierte en algo mucho más importante para Jesús que las propias leyes y preceptos judíos. Su propuesta sería precursora de la respuesta definitiva que más tarde daría él propio Jesús.
                La conversión, la posibilidad que tenemos de cambiar, y que además es connatural a lo humano,  posibilita la dimensión profética en nosotros. El profeta es aquel que no sólo protesta ante lo que se ha vuelto inerte sino que porta consigo la capacidad de ilusionar a otros. Es capaz de recuperar la ilusión frente a los grandes sueños de la humanidad. Pero el profeta es, además, aquel que está en contacto con su realidad más profunda. Es aquel que es capaz de discernir la voz que resuena en la interioridad de aquella otra voz que resuena en la cabeza y que busca la satisfacción en lo inmediato. El profeta habla desde la experiencia y, por eso, es además místico.
                El almendro florece en nuestros días por muchos lugares de nuestra geografía. El almendro es profeta de esa nueva y hermosa estación que es la primavera. Ha tenido una experiencia del invierno y, además, ha osado hablar con sus flores antes de que las condiciones fuesen las más idóneas. En su naturaleza reside una dimensión que apunta directamente hacia nuestra propia esencia. Estamos llamados a mostrar el coraje de aquellos que soñaron un mundo mejor, estamos invitados a proclamar el Reinado de Dios cada vez que nos alzamos en favor de la justicia, la paz y la verdad.
                Los días en el desierto se convirtieron para Jesús en oportunidad para escuchar aquella voz que ya resonaba en su interior. En su desierto comenzó a florecer el sueño que Dios tenía desde siempre para las personas. En el desierto, que es nada y muerte, floreció la belleza y la vida para siempre y que el Nazareno mostró desde su entrega incondicional, una entrega hasta de lo más divino que había en él.
                La propuesta es clara y sencilla: ser capaces de conectar con la capacidad de ilusionarse. Para esto tan sólo es necesario encontrarse con el desierto que guardamos dentro, es decir, cuando nos damos cuenta de lo que nos esclaviza, de aquello que nos desequilibra, nos ata y entorpece, de lo que se torna diabólico en nosotros. Cuando nos topamos con esto frente a frente habremos logrado dar el primer paso para denunciarlo, nos habremos hecho profetas. Y, cuando esto tiene lugar, el camino hacia nuestra propia pascua está asegurado. Al final da igual lo duro que haya sido la travesía, pues lo que importará será el empeño, la ilusión y el amor que pusimos en cada paso.

sábado 18 de febrero de 2012

Donde el corazón te lleve

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            El ser humano es, ante todo, un ser con corazón. Sus motivaciones más profundas se encuentran enraizadas en él, pues éste en última instancia es quien las pone en movimiento. Me viene a la memoria el título de aquel fabuloso libro de Susana Tamaro: Donde el corazón te lleve. Obviando la belleza del relato, quiero centrarme en el título en sí, pues muestra la necesidad que tenemos de conectar con nuestro propio corazón y con una actitud de escucha hacía éste. A veces nos resulta extremadamente fácil perdernos en divagaciones mentales. Demasiado pensar nos aturde, genera pesadez y falta de claridad en nuestra vida. Dejamos de lado las intuiciones que se filtran a través del corazón a cambio de pensar que tan sólo son corazonadas. Sin embargo, es desde el corazón desde donde somos llevados, desde dónde amamos y queremos… ¿desde dónde soñamos?
                La imagen de personas que, en apariencia, parecen frías e insensibles aparece ahora en mi mente. Imagino que todos conocemos a alguien así, ante el que nos cuesta estar, sobre todo si somos muy emocionales. Pareciera como si su frialdad congelara nuestro calor. Lo curioso de esto es que, en el fondo de esos rostros, reside un momento el que el corazón de estas personas tuvo que helarse para poder salir adelante en la vida. Se endurecieron y su corazón se hizo como de piedra. Pero en el fondo, dentro de ellos reside una chispa cálida que espera el momento de ser aliviada. Quizá cada uno de nosotros, con su modo de ser cariñoso, cercano, atento, pueda ofrecer la medida de calor necesaria para brindarles una nueva posibilidad de sentir. A pesar de nuestros actos, a pesar de nuestras incoherencias, de nuestra falta de miramiento ante algunas situaciones… a pesar de todo, ante todo, somos seres con corazón.
En este momento me viene la fantasía de poder preguntarte cuándo fue la última vez que escuchaste con atención esas palabras tan cálidas con las que habla tu corazón, cuándo lo sentiste. Juego con esta idea mientras me doy cuenta de que la pregunta también resuena en mí, es para mí. Sonrío… ¿también tú sonríes? Las obviedades que poseen lucidez porque encierran una verdad siempre hacen sonreír. Es normal que se dibujen sonrisas cuando las personas nos sentimos protagonistas de algunos de los absurdos que tanto trabajo nos cuestan extinguir de nuestra vida. Es mejor saber reírse que estar continuamente lamentándonos de algo.
            Donde el corazón te lleve… ¿dónde dejas que te lleve? ¿Hacía dónde dirige tu mirada? Sentirse dichoso reside en la capacidad de escucha, en ser capaz de estar atento a las señales de nuestra vida. El corazón es como una pantalla donde se revela la verdad de lo que sentimos, la verdad de lo que somos. 

domingo 12 de febrero de 2012

Aceptar

                 Muchos de los encontronazos que se hacen palpables en nuestro día a día reflejan la lucha interna en la que estamos continuamente. Lo que sucede fuera de nosotros, fuera de nuestro ámbito de dominio y control, genera conflicto dentro de nosotros mismos y suele acabar exteriorizándose. La capacidad de aceptar no es la nota más característica del ser humano, pues éste más bien deja constancia de su etapa más infantil donde las cosas tienen que suceder de un modo inmediato, satisfactorio, beneficioso y de acuerdo a su propia necesidad. Esto, que tan bien reconocemos en los niños, se convierte en un hándicap para el adulto ya que le supone muchos quebraderos de cabeza.
                Creo que sí es importante distinguir la aceptación de la resignación, pues son cosas distintas e implican procesos también diferentes. La resignación tiene lugar cuando uno se rinde ante una circunstancia que, en primera instancia, parece no poder ser afrontada. Ya sea por falta de motivación, autoestima o por incapacidad personal. Uno acaba doblegándose. Por el contrario, la aceptación supone reconocer mi propia capacidad, darme cuenta de hasta dónde puedo o no llegar y permitir mi limitación como persona que soy. Uno nunca puede estar en todo, ser el mejor en todo… No podemos abarcarlo todo. Llegamos hasta donde llegamos y esto está bien así. No reconocernos implica vivir la resignación. Asumir nuestras potencialidades y limitaciones supone aceptar quién soy y lo que soy.
                A nuestro alrededor vivimos circunstancias que nos suscitan ambos movimientos. Dependiendo de la actitud que adoptemos lograremos sentirnos satisfechos o, por el contrario, derrotados. La vida no es encajar golpes como si se tratase de un combate de boxeo, sino que es puro contraste: lo que soy, o creo que soy, con lo que “es” fuera de mí. Desde aquí podemos aceptar. Pero si el vivir se convierte en un enfrentamiento entre lo que soy y lo que deseo que sea, entonces el sufrimiento se hará manifiesto. Acertar en nuestra elección implicará que el bienestar de la persona esté asegurado.
                Los movimientos de autoayuda barata que nos rodean no pasan de engordar el ego haciéndonos sentir que es poco menos que el centro del Universo. Considero que la autoestima implica tener un pie en el suelo y el otro en un sueño, uno en la tierra y otro en el cielo. Si no tenemos desde dónde partir tampoco sabremos muy bien dónde llegar. Reconocer dónde tenemos el pie y aceptar la altura que podemos alcanzar con el otro nos ayudará a estar, como poco, en armonía. Si no logramos ver esto, habremos perdido la referencia más importante.
                Recuerda de dónde vienes, vive lo que eres y descansa soñando lo que te gustaría ser. Todo es posible dentro de ti y probable fuera de ti. Acepta esta dicotomía y sentirás paz.

lunes 6 de febrero de 2012

Niños y niñas

Corriendo entre árboles,
el viento compite,
inocencia ensalzada,
sonrisas encontradas.

Gráciles movimientos,
inesperados para unos,
esperados para ellos…
risas y sonrisas.

Ausencia de miedo,
sin preocupaciones,
llenos de emoción.

Niños que corren,
niñas que corren,
juegan al pilla-pilla.

martes 31 de enero de 2012

Concretar

             En medio de la sociedad de la información y la comunicación en que estamos inmersos, en este momento en que las palabras y la propia razón han cobrado una importancia sin precedentes, nos encontramos en una tesitura muy especial. Con la intención de decir mucho nos descubrimos no diciendo nada. Con la actitud de adornarlo todo desvirtuamos la belleza inherente a la sencillez propia de la precisión y lo conciso. Y esto se debe, en mi opinión, a esa pretensión que tenemos todos cuando queremos expresar nuestros grandes ideales, los sueños más profundos que rondan nuestro corazón, y nos disolvemos en nuestra propia verborrea. Es evidente que, para muchas cosas, se precisa de un vocabulario especial y de un uso determinado. Pero está bien, en el mejor de los casos, mantenerse alerta, pues es muy fácil caer en la deflexión en una conversación que no conecta con nuestra realidad.
                La capacidad de concretar se me antoja de lo más sana e imprescindible. Ante tanta palabra está bien que hagamos “descuentos” en nuestras conversaciones. Entre tantas ideas hermosas y nobles es mejor abarcar menos y concretar más. Se hacen más sensatos y cercanos aquellos sueños que toman forman y que pueden ir elaborándose al tiempo que toman forma. La tentación suele estar más que ejemplificada en las distintas declaraciones políticas donde todo son promesas y pocas son acciones reales.  Es mejor el discurso de aquel que sin apenas decir nada es capaz de mover los corazones, pues logra implicarnos porque conecta con nuestra vida.
                Cuando logramos ser concretos, que no tiene porqué ser sinónimo de conciso, conseguimos preservar el significado auténtico de lo que queremos expresar. ¿Cuántas veces nos descubrirnos en una conversación en la que terminamos perdiendo el sentido de lo que queríamos expresar? Las palabras se quedan en simple aire que sale de nuestra boca.
                El lenguaje, la palabra, es algo realmente espectacular si nos paramos un momento a pensarlo. Cuántas cosas se pueden decir, qué efectos produce, qué poder poseen que se anclan en la memoria sin que lo queramos. Quizá por esto, y por muchas otras cosas, haya que redescubrir el valor que tienen y se merecen. Considero que cuando logramos expresar aquello que deseamos, y que conecta con aspectos profundos que hay en nosotros, y además lo hacemos con cierta síntesis, estamos preservando el significado al tiempo que imprimimos valor a lo que decimos.
                No hacen falta grandes discursos. Cada palabra posee un poder propio que consigue hacer emerger hasta lo más profundo que hay en nosotros. Tiene capacidad de crear en la medida en que nombra aquello que permanece innombrado. Quizá el día en que consigamos tener plena conciencia de aquello que decimos podamos descubrir lo resolutivas que son las palabras.

miércoles 25 de enero de 2012

Algo bueno

En estos días se hace frecuente ver tractores y coches dirigirse muy temprano a la recogida de la aceituna. Esta imagen, tan tradicional para nuestra provincia, esconde este año un matiz nuevo. La crisis, que a tantas familias ha afectado, ha dejado su huella en aquellas que hoy, desafiando al frío, trabajan desde muy temprano en el campo. Pero la situación que menciono también tiene una lectura positiva. Si antes se recurría a una mano de obra ajena a la familia para llevar a cabo esta empresa, ahora, debido a esta circunstancia, es la propia familia al completo la que se encarga de tales labores. Podemos reconocer así el aspecto de unión que este hecho ha traído a muchos núcleos familiares. Personas que ya no sólo comparten el pan y el descanso. Familias que con empeño y dedicación arremeten con la faena para lograr que el beneficio de su trabajo se quede en casa. 
Considero que esto es digno de admirar y reconocer, pues pone de manifiesto la capacidad del ser humano para adaptarse y colaborar desde un vínculo mucho más cercano.

Apareció este texto en el Diario JAÉN,
el pasado  15/1/12